lunes, 7 de mayo de 2012

Psicòpata


Muchas personas me van a tomar por loca al escoger esta palabra tan rara y poco usual en nuestro vocabulario. De entre muchísimas otras que existen en la lengua
española, he escogido esta por ese simple motivo, porque no es común.
Es una palabra rara; tanto por su significado como por su escritura y  pronunciación.
Induce miedo en un ser, nerviosismo, terror y pánico. Es una palabra que se introduce en tu cuerpo y te provoca escalofríos. Una palabra a la que muchos pueden temer.
Muchas películas de miedo tratan sobre enfermos, gente no muy bien psíquicamente, que asesinan a inocentes personas por placer o traumas infantiles. Esos psicópatas pueden ser asesinos en serie que matan de una sola vez o, tal vez, torturan a las victimas anteriormente y las agotan hasta desear su propia muerte.



Y las dos gritaban con una voz ahogada, aunque con la fuerza necesaria provocada por el pánico que recorría todo su cuerpo:
-¡No, no más! Ten piedad…
Y seguían chillando, suplicándome su mísera y estúpida vida, y yo, más ganas tenia de seguir viendo su densa y oscura sangre, corriendo por esa clara piel, cubierta de maquillaje y varias mentiras.

En ese momento, las dudas cubrieron mi manto de sangre fría. Cogí una silla y me senté en frente de aquellas dos chicas, atadas y amordazadas con algún que otro corte en las piernas, cara y brazos.
Estaban débiles, asustadas, con los ojos rojos de tanto llorar y cansadas de tanto esfuerzo inútil para poder escapar, liberarse,  de ese lunático que las tenía presas en ese frío sótano, es decir, de mi.
Mi rostro se volvió completamente serio. Más tarde, empecé a reírme. Ellas no lo entendían, me miraban con cara rara aun así, pude ver el enorme pánico en sus miradas.
El terror se sembró en sus cuerpos perfectos.

Me levanté y di una vuelta alrededor de las dos muchachas; pensativo, las miraba.
¿Debería darles ya la deseada muerte para poner fin a su sufrimiento? Supuse que no. Era demasiada excitación acumulada mientras les cortaba y veía como lentamente, la sangre manchaba su piel cada vez más gélida mientras ellas gemían de dolor. Aún no les ha llegado la hora.
-¿Qué, piensas hacer con nosotras? -Se atrevió a preguntar una de ellas, aunque su voz era temerosa.
Solté una carcajada sonora, me agaché y le cogí la cara con una mano.
- Depende.
Puse rumbo hacia la puerta y las dejé ahí tiradas, como dos trapos sucios y rotos, que hasta ellos, se merecerían mejor trato.

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