Muchas personas me van a tomar por loca al escoger esta palabra
tan rara y poco usual en nuestro vocabulario. De entre muchísimas otras que
existen en la lengua
española, he escogido esta por ese simple motivo, porque
no es común.
Es una palabra rara; tanto por su significado como por su
escritura y pronunciación.
Induce miedo en un ser, nerviosismo, terror y pánico. Es una
palabra que se introduce en tu cuerpo y te provoca escalofríos. Una palabra a
la que muchos pueden temer.
Muchas películas de miedo tratan sobre enfermos, gente no muy
bien psíquicamente, que asesinan a inocentes personas por placer o traumas
infantiles. Esos psicópatas pueden ser asesinos en serie que matan de una sola
vez o, tal vez, torturan a las victimas anteriormente y las agotan hasta desear
su propia muerte.
Y las dos gritaban con una voz ahogada, aunque con la fuerza
necesaria provocada por el pánico que recorría todo su cuerpo:
-¡No, no más! Ten piedad…
Y seguían chillando, suplicándome su mísera y estúpida vida, y
yo, más ganas tenia de seguir viendo su densa y oscura sangre, corriendo por
esa clara piel, cubierta de maquillaje y varias mentiras.
En ese momento, las dudas cubrieron mi manto de sangre fría.
Cogí una silla y me senté en frente de aquellas dos chicas, atadas y
amordazadas con algún que otro corte en las piernas, cara y brazos.
Estaban débiles, asustadas, con los ojos rojos de tanto llorar y
cansadas de tanto esfuerzo inútil para poder escapar, liberarse, de ese lunático que las tenía presas en ese frío
sótano, es decir, de mi.
Mi rostro se volvió completamente serio. Más tarde, empecé a
reírme. Ellas no lo entendían, me miraban con cara rara aun así, pude ver el
enorme pánico en sus miradas.
El terror se sembró en sus cuerpos perfectos.
Me levanté y di una vuelta alrededor de las dos muchachas;
pensativo, las miraba.
¿Debería darles ya la deseada muerte para poner fin a su
sufrimiento? Supuse que no. Era demasiada excitación acumulada mientras les cortaba
y veía como lentamente, la sangre manchaba su piel cada vez más gélida mientras
ellas gemían de dolor. Aún no les ha llegado la hora.
-¿Qué, piensas hacer con nosotras? -Se atrevió a preguntar una
de ellas, aunque su voz era temerosa.
Solté una carcajada sonora, me agaché y le cogí la cara con una
mano.
- Depende.
Puse rumbo hacia la puerta y las dejé ahí tiradas, como dos
trapos sucios y rotos, que hasta ellos, se merecerían mejor trato.
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