Primeramente,
este paso es obligatorio y crucial, localizar el objeto en cuestión; sea
grande, pequeño, mediano, blanco, rosa, a topos, con rayas, garabateado, con
estampados de flores… Cuando en nuestro campo de visión se haya visualizado al
elemento requerido, no le damos menor importancia a los demás objetos que
entornen a dicha pieza, ya que su uso no es imprescindible para esta simple y
delicada acción.
El segundo paso
viene a ser el que necesita coordinación para mover brazos, espalda, y párpados
al abrir y cerrar los ojos manteniendo el campo de visión intacto.
Teniendo la vista
fija en el objeto, nuestra columna vertebral se inclina lenta y
desapercibidamente, como una hoja de cerezo que se balancea delicadamente por
la brisa primaveral, que también acaricia los sutiles pétalos de las primeras
flores blancas y al mismo tiempo rosadas; o como el mítico paso de baile de
nuestro queridísimo rey del pop, Michael Jackson, en la canción de “Smooth
criminal”, pero eso ya sería una inclinación extrema de la columna vertebral y
piernas incluidas.( Para los que no sepan cual es este famosísimo paso de
baile, espero que sean pocos los ignorantes, consiste en inclinar el cuerpo
hacia el suelo, rompiendo toda regla de la gravedad, dejando los pies inmóviles
y seguir descendiendo poco a poco. )
Al llegar al
punto de tener la espalda precisamente ladeada, efectuamos el simple movimiento
de elevar el brazo hacia la superficie u otro lugar, sin dejar que se vuelva un
peso muerto y seguir manteniendo la fuerza para dominar el miembro, donde se
encuentre dicho objeto, hasta lograr alcanzarlo con la mano y agarrarlo con
fuerza, como una máquina de las ferias de peluches pero está claro, que con más
energía.
Teniendo el
deseado objeto entre manos, seguimos fijando la mirada en él sin perderlo de
vista. Si están enredados, como muchas veces podríamos encontrarnos con ese
problema, observamos el lío de cables que podría semejarse a una gran batalla a
muerte entre dos largas y seductoras Pitones, Pythonidae, que se envuelven en sí mismas o contra el cuerpo de su
oponente mordiéndole primero para inmovilizarla y más tarde estrangular a la
víctima hasta la asfixia provocándole así la muerte; desenredamos los dos finos
cables con la delicadeza que pondríamos al acariciar a una cría recién nacida
de cualquier animal que nos parezca irresistiblemente tierno.
Con los dos
extremos de los auriculares, uno en cada mano, como separando las dos cabezas
de un dragón con largo cuello escamado de la era medieval, elevamos las dos
extremidades superiores hasta la cabeza, a la medida de las orejas, que
casualmente está a la misma que a la de los ojos. Y finalmente, introducimos
los dos cabos, cada uno en su respectiva cavidad auditiva.
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