martes, 27 de noviembre de 2012

Un pedacito de mi vida.


17 de febrero, detección.
27 de marzo, operación.
9 de julio, superación.
Hace relativamente poco, le comunicaron a mi madre que lo había superado.
Mi madre, esa dulce mujer que me llevó en su vientre nueve meses. Pese a los problemas que le causé, ella siguió caminando y recorriendo la vida, junto a sus dos hijas.
Lo hizo sola. Es una mujer fuerte, teniendo en cuenta que su vida no ha sido perfecta, supera cualquier adversidad aunque sea a tropezones y con caídas, pero al fin y al cabo,
siempre se levanta.
Maldigo el día en el cual le detectaron esa enfermedad.
Realmente, cuando hablan de ello, piensas que es algo que solo puede ocurrirle a los demás y que jamás podría sucederle a un ser querido. Y solo, solo cuando llega a ocurrir, te percatas de que esa inmunidad no existe, que es ficticia y que todo el mundo puede caer en sus terribles garras.
Yo tenía tan solo nueve primaveras, todavía me quedaba mucho por vivir; jugar, reír, saltar y cualquier pasatiempo a los cuales podría dedicarme en esa etapa de mi vida.
Recuerdo débilmente los detalles pero sé, que era un día semanal por la tarde y que mi hermana mayor me llamó para mostrarme algo en el ordenador.
-¿Andrea, puedes venir por favor? – su tono era un tanto serio pero no le di importancia alguna.
- ¡Voooy! – dije alargando la “o” como si me fuese costoso terminar la palabra.
Me la encontré frente al ordenador, e hizo señas para que me acercara a ella.
-¿Qué quieres? – dije con tono curioso.
- Te voy a enseñar un cuento.
“que te ocurre mamá?”, su título, que aparecía de buenas a primeras en la primera página del documento,  me indicó que eso era algo más que un cuento. La verdad, no pude darme cuenta de su verdadera intención ya que, yo no era capaz de entender su intención.
Ese relato, narraba de un niño de nueve años de edad llamado Pol, el cual tuvo que enfrentarse junto a su madre contra dicho problema.
Mi memoria no es muy buena, por ese motivo, no logro recordar más de ese instante, y me baso en la teoría de que seguramente, sin realmente acabar de afirmarlo, debería de haber entendido el concepto y haberme percatado de la situación que iba a venirse sobre mi familia.
Las terapias fueron duras, la imagen de mi madre con un pañuelo cubriéndole la cabeza no acababa de asimilarse en mi mente. Me era realmente extraño no poder volver a ver su fino y liso cabello cubriéndole los hombros.
Recuerdo cuando por fin lo hizo, y pude ver su cabeza destapada, sin pañuelo. A decir verdad, fue un descuido ya que ella salió de su habitación pensando que llevaba el pañuelo puesto y en realidad no era así.
Mi hermana le llamó kiwi bromeando, lo era sí, pero era el kiwi más bonito de todos; pese a su falta de cabello, ella seguía igual de hermosa.
Su fino pelo brotó nuevamente, creándole unos rizos preciosos de un tono castaño oscuro, semblante al color de la corteza de un gran roble que sobresalta entre el blanco del suelo nevado en invierno.
A día de hoy, creo que le doy más importancia y entiendo mejor, el riesgo que tuvo que superar.
Siendo sincera, me impacta hablar y pensar en ello. Me deja fría y con los ojos a punto de estallar en un mar de saladas lágrimas, como las de los océanos cuando se desahogan en una gran tormenta.
Quizás, esta narración no ha sido la mejor, ni la más larga que he escrito, pero sé que no escasea de sentimiento ya que he podido darme cuenta de que esa gran mujer, fuerte y sencilla, estuvo al borde de la muerte por esa maldita enfermedad llamada cáncer.
Te quiero mamá.

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